jueves, 23 de abril de 2009

viernes, 3 de abril de 2009

El amor consciente.


Amar al Universo y a todo lo creado: ése es el sentimiento más perfecto que puede brotar de los lazos que unen a dos personas. El amor debe trascender de la propia individualidad de la pareja y recorrer una serie de etapas que culminen con la apertura del corazón.

Generalmente, solemos considerar que las relaciones íntimas son adecuadas cuando satisfacen nuestras necesidades de amistad, seguridad, sexo y autoestima. Sin embargo, si aspiramos a convertir nuestras relaciones en un sendero -en un sendero sagrado- nos veremos obligados a ampliar nuestra perspectiva y a asumir una visión más comprensiva que, incluyendo todas esas necesidades, no se halle, sin embargo, circunscrito a ellas. Nuestro tema tiene que ver con el cultivo del amor consciente, de ese amor que puede inspirar el desarrollo de una conciencia más expandida y la evolución de las personas implicadas. Sin embargo, no debemos mostrarnos demasiado idealistas porque las relaciones íntimas nunca funcionan a un solo nivel. Vivimos simultáneamente en diferentes niveles y cada uno de ellos tiene sus propias necesidades concretas.

Niveles de conexión

El vínculo más primario que podemos encontrar en la pareja es la necesidad de una fusión simbiótica originada en el deseo de alcanzar el alimento emocional del que carecimos en nuestra infancia. Obviamente, esto es algo por lo que atraviesan muchas parejas que, cuando acaban de conocerse, atraviesan una fase simbiótica que les lleva a cortar temporalmente otras actividades o amistades y a pasar la mayor parte del tiempo juntos. El estadio simbiótico de una relación puede así contribuir a que ambas personas lleguen a establecer un profundo vínculo emocional. No obstante, si la simbiosis se convierte en la principal motivación de la relación o si perdura demasiado tiempo, termina convirtiéndose en un factor limitador que establece una dinámica paternofilial que limita el rango de expresión e interacción de ambas personas, destruye los roles masculinos y femenino de la relación y termina creando pautas de comportamiento adictivas. Más allá de la necesidad primitiva de fusión simbiótica, el deseo fundamental que aparece en una relación es el de compañerismo, un deseo que puede asumir formas más o menos sofisticadas. El compañerismo constituye un ingrediente esencial de toda relación pero ciertas personas, sin embargo, parecen no desear nada más de su pareja. Otro nivel posterior de relación es el que se establece en el caso de que los amantes no sólo compartan las actividades y la compañía del otro sino que también tengan intereses, objetivos y valores parecidos. Así pues, cuando una pareja comienza a crear un mundo común podemos afirmar que ambos se adentran en el nivel de la comunidad, un tipo de relación que, al igual que el compañerismo, constituye una forma terrenal y concreta de relación. Sin embargo, más allá del hecho de participar de los mismos valores e intereses del otro, se encuentra el nivel de la comunicación, un nivel en el que somos capaces de compartir todo aquello que ocurre en nuestro interior, es decir, todos aquellos pensamientos, expectativas, experiencias y sentimientos.

Comunión del alma

Establecer una buena comunicación es una tarea mucho más difícil que tratar simplemente de crear una situación de compañerismo o de comunidad. Este nivel requiere que cada miembro de la pareja sea totalmente sincero al expresar lo que ocurre en su interior y tenga el valor suficiente como para superar los inevitables obstáculos que aparecen ante cualquier intento de compartir dos verdades diferentes. La buena comunicación es, con toda certeza, el elemento más importante de cualquier relación cotidiana sana. Un nivel todavía más desarrollado de la comunicación es la comunión. Más allá del hecho de compartir los pensamientos y los sentimientos existe el reconocimiento profundo del ser de otra persona, un reconocimiento que suele descubrirse en el silencio, tal vez mientras miramos a los ojos de nuestra pareja, estamos haciendo el amor, paseando por el bosque o escuchando música. Es como si, de pronto, nos sintiéramos percibidos y conmovidos en aquel núcleo profundo del ser que trasciende a la personalidad. Seguimos siendo plenamente nosotros mismos pero, al mismo tiempo, estamos completamente en contacto con nuestra pareja. Este tipo de relación es tan extraño y sorprendente que no suele pasar desapercibido. Por otra parte, aunque la comunicación pueda ser fruto de un trabajo deliberado, la comunión, por su parte, es completamente espontánea y se encuentra más allá de nuestra voluntad. La comunicación y la comunión son formas de intimidad más profundas y sutiles que la compañía y la comunidad y tiene lugar, respectivamente, en el nivel de la razón y en el de corazón. La profunda intimidad de la comunión puede alimentar el anhelo a superar completamente la dualidad, una aspiración, en definitiva, por lograr la unión completa con la persona amada. No obstante, aunque este anhelo expresa una necesidad auténticamente humana, se dirige en realidad, hacia lo infinito, lo absoluto y lo divino. Pero cuando este deseo de unión definitiva permanece ligado a una relación concreta suele terminar creando problemas y reduciendo nuestra aspiración por la realización espiritual a la idealización, la inflación, la adicción y la muerte. La forma más adecuada de orientar nuestra aspiración hacia la unión consiste en una práctica espiritual auténtica -como la meditación, por ejemplo- que nos enseñe a ir más allá de la mente dicotómica en todas las áreas de nuestra existencia. Así pues, aunque apunte en esta dirección, las relaciones íntimas pueden alentar este tipo de práctica pero jamás pueden llegar a sustituirla. Toda relación tiene áreas, más o menos intensas, a lo largo de este continuo de conexión.

Corazón herido

Las parejas que comparten una relación profunda de ser a ser, que mantienen un buen nivel de comunicación, que tienen intereses y valores comunes y que disfrutan naturalmente de la compañía del otro, logran establecer un equilibrio ideal entre el cielo y la tierra, por así decirlo. (La sexualidad, por su parte, puede operar en cualquiera de estos niveles: como una forma de unión simbiótica, como compañía corporal, como un ejercicio compartido, como una forma de comunicación o como una comunión profunda.) El amor consciente sólo aparece cuando ambas personas logran establecer una comunión esencial que trasciende a la personalidad. En esos momentos de comunión, estamos simultáneamente en contacto con nuestra propia esencia y con la esencia de nuestra pareja y, sin embargo, seguimos siendo individualidades separadas. Por más próximos que nos hallemos nunca podremos llegar a compartir plenamente nuestros mundos ni a saber del todo cómo son las cosas para la otra persona. Así pues, aunque podamos compartir ciertos momentos fugaces de unidad en los que nuestra esencia permanece en contacto, la unión completa siempre estará fuera de nuestro alcance. Ahora bien, no existe modo alguno de retener a otra persona ni de poder utilizar la relación como una forma de escapar de la soledad. Nuestra pareja es sólo un préstamo temporal que nos concede el universo, un préstamo que ignoramos cuándo se nos reclamará. En el fondo de la devoción a otra persona anida la dulce y melancólica plenitud de un corazón que sólo anhela desbordarse. La soledad es, a fin de cuentas, lo que nos impulsa a salir de nosotros mismos. Por consiguiente, no es necesario que nos aislemos porque la soledad, como simple presencia, es lo que compartimos con todas las criaturas de la tierra, es el trasfondo del que brotan todos los tesoros: un anhelo desbordante que nos hace salir de nosotros mismos, escribir un poema, componer una canción o crear algo hermoso. Cuando valoramos nuestra soledad podemos ser nosotros mismos y entregarnos más plenamente. Entonces ya no necesitaremos que los demás nos protejan o nos hagan sentir bien sino que, en lugar de eso, estaremos en condiciones de ayudarles para que sean ellos mismos. El amor consciente sólo puede brotar como el fruto maduro de un corazón herido. Todas las tradiciones espirituales coinciden en afirmar que la persecución exclusiva de nuestra propia felicidad no conduce a la verdadera satisfacción porque los deseos personales se multiplican de continuo generando nuevas frustraciones. La verdadera felicidad -la que nadie puede arrebatarnos- emana de la apertura de nuestro corazón, de su proyección hacia el mundo que nos rodea y se complace con el bienestar de nuestros semejantes. Si queremos preocuparnos por el desarrollo y la evolución de las personas a las que amamos es necesario poner en funcionamiento las capacidades más profundas de nuestro ser y evolucionar nosotros mismos. La evolución exige la puesta en marcha de todas nuestras cualidades. Así pues, todas las dificultades propias de la relaciones constituyen, en realidad, una oportunidad excepcional: descubrir el camino sagrado del amor cuya llamada nos alimenta a cultivar la plenitud y la profundidad de nuestro ser.

La otra orilla del amor

El logro más elevado del amor, el amor consciente, encamina a los amantes más allá de sí mismos y les lleva a conectar plenamente con la totalidad de la vida. En realidad, el verdadero amor carecerá de espacio para desarrollarse hasta el momento en que se proyecte hacia el exterior. El punto más elevado de la relación amorosa apunta al logro de un sentimiento de hermandad con toda forma de vida, lo que Teihard de Chardin denominaba "amor por el Universo". Sólo de este modo podrá el amor -como afirmaba Teihard- "convertirse en luz y poder ilimitados". El sendero del amor se propaga en círculos. Comienza en el hogar encontrando nuestro sitio, haciéndonos amigos de nosotros mismos y descubriendo que, bajo la confusión y el engaño de nuestro propio egoísmo, se esconde la riqueza intrínseca de todo nuestro ser. Cuando llegamos a establecer contacto con esta plenitud fundamental que anida en nuestro interior descubrimos que tenemos mucho más que ofrecer a nuestra pareja de lo que anteriormente imaginábamos. Cuando dos personas se preocupan por el desarrollo de la consciencia y el espíritu de su pareja, tienden naturalmente a compartir su amor con los demás. Y, de este modo, las nuevas cualidades emergentes -la generosidad, el coraje, la compasión y la sabiduría, por ejemplo- se extienden más allá del círculo de su propia relación. Estas relaciones son el "hijo espiritual" de la pareja, lo que su unión puede ofrecer al mundo. Una pareja florecerá, pues, cuando su visión y su actividad no se centre exclusivamente en ellos mismos sino, por el contrario, cuando sean capaces también de incluir a la comunidad de la que participan. Pero, como señala Teihard de Chardin, el amor entre dos personas puede expandirse todavía más. Cuanto más profundo y apasionantemente se ame una pareja mayor será su preocupación por el estado del mundo en el que viven, más conectados estarán con el planeta y, en consecuencia, se ocuparán de cuidar del mundo y de todos los seres que necesiten ayuda. El logro máximo y la más plena expresión del amor se alcanzan cuando éste llega a abarcar a toda la creación enriqueciendo y fortaleciendo entonces, a su vez, la vida de la pareja. Éste es el gran amor y el gran camino que nos conduce hasta el mismo corazón del Universo.

El amor es un tema verdaderamente inconmensurable. La palabra “amor” no trata sobre un solo tema, sino que responde a todo un conjunto de significados que, con apuros, se reduce a una palabra.

A simple vista puede parecer que el amor es un tema muy complejo. Pero el amor deja de ser un sentimiento complicado cuando es realmente verdadero amor, cuando surge de la espiritualidad y, por ello, le acompaña la virtud. Como son pocas las personas que viven espiritualmente, es raro encontrar el verdadero amor.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Vivir sin paz es morir... Vivir en el desamor es peor que vivir solo...



No hace mucho estaba hablando con alguien, una mujer, a la que quiero mucho y le contaba que en la vida casi nunca es fácil tomar decisiones: cualquier proyecto o cualquier reto, aun cuando se presenten con embalajes prometedores, implican asumir responsabilidades y aceptar riesgos. No, no suele ser sencillo… Y mucho menos lo será cuando una decisión que intuimos que nuestra supervivencia nos exige tomar conlleva un cambio radical en nuestras vidas: cuando uno corta aquella cuerda que siente que lo está ahorcando muchas veces acaba sintiendo que cae en el vacío y será muy difícil no acabar dolorido por el batacazo… Resulta contradictorio, ¿no? Pero no lo es, pues cuando esa es la única cuerda que has tenido cerca durante tiempo puedes sentir que te ahoga, sí, pero también suele ser normal que pienses que te sostiene.
¿No es verdad que si nunca nos viéramos abocados a una caída por un barranco el miedo a lo que abajo nos espera nos forzaría a agarrarnos de cualquier cosa, aunque fuera un zarzal con amenazantes e hirientes pinchos? Allí nos quedaríamos sujetos hasta la eternidad, aguantando estoicamente los dolorosos y sangrientos desgarros de nuestra piel… Allí esperaríamos sin límite que alguien nos rescatara, que alguien viniera a librarnos de nuestro dolor… Pero, ¿y si ese ángel salvador no aparece? Es más: ¿Y si la salvación radica precisamente en dejarse caer?
Hace muchos años un humorista contaba un chiste que viene a ilustrar muy bien el argumento que debe seguir:

Un hombre camina valientemente por la cima de un monte. Sus pasos se marcan muy cercanos al borde de un abismal precipicio cuando un torpe tropezón lo lanza al vacío… El hombre cae hacia una muerte segura cuando ve un arbusto que sobresale de la pared y, desesperadamente, alarga su brazo y consigue agarrarse. Allí reposa un rato, asustado por la idea de que esas débiles ramas no podrán aguantar su peso mucho tiempo… Entonces decide gritar: “¿Hay alguien?, ¿hay alguieeen?”.
Pasado un rato, y después de muchas y angustiosas llamadas, el hombre escucha como una voz, profunda y sobrenatural, le indica: “Sí, hijo mío, estoy yo. Está Dios, tu Dios… Confía en mí: déjate caer y un ejército de ángeles te recogerá en el vuelo y te llevará, te bajará suavemente y te depositará en el suelo sin que sufras ningún daño… Confía en mí: déjate caer… Abajo te espera la gloria. Abajo te aguarda tu propio paraíso…”
El hombre, aturdido, lo ha escuchado todo… No sabe que hacer y mira hacia arriba, mira hacia abajo, y vuelve a gritar: “¿Hay alguien más?”.

¿Cuántos de nosotros no hubiéramos tenido la última reacción? La caída libre hacia lo desconocido espanta a cualquiera y nunca será fácil dar ese salto que nos debe lanzar… Llegado el caso, debemos plantearnos que lo fundamental, lo que debemos valorar ineludiblemente, quizás no se halla al final del vuelo, quizás se encuentra al comienzo… A lo mejor debemos hacernos esa terrible pregunta cuya respuesta nos debería retener o empujar: ¿qué nos aterra más: lo conocido, lo que ahora mismo tenemos, o lo inexplorado, lo que puede esperarnos no solo en el camino, sino también al final? Si lo presente es aguantable y creemos que puede llegar a ser reconducible, casi seguro que daremos tiempo a la vida antes de adoptar alguna medida que lleve al cambio. Si lo que nos envuelve no nos deja respirar y ya hace mucho que tenemos claro que nunca vamos a poder darle la vuelta, entonces… entonces no debería haber otro camino…
Seguramente Dios no va a enviarnos sus ángeles, posiblemente nadie va a responder a nuestros reclamos de auxilio y será muy probable que al final de la revuelta nos espere un espantoso batacazo que nos deje aturdidos y malheridos durante un tiempo… Mas todo valdrá la pena si ese salto al vacío conlleva un vuelo hacia la libertad… Todo sanará si realmente entendemos que nuestro viaje hacia un incógnito destino significa una travesía que se dirige a la recuperación del más preciado tesoro: la vida.
En el chiste se soslaya una cuestión de pura fe: Si crees en Dios saltarás y no te pasará nada. Si dudas o no crees, el miedo te va a retener seguro… Si en nuestro paseo por la vida nos encontramos ante la disyuntiva de tener que escapar de una realidad asfixiante, también vamos a necesitar fe: deberemos creer en nosotros, en el destino… Deberemos saltar con una mochila al hombro. En el interior meteremos aquellos sueños que en la desesperación abandonamos, en el bolsillo un pensamiento: “Nada puede ser peor…”.
Vivir sin paz es morir, vivir en el desamor es peor que vivir solo. Las cadenas no impiden nunca la caída, la provocan. Si nuestra vida nos tortura, si nuestra existencia nos mata poco a poco, ¡debemos saltar!, ¡debemos huir! ¡Huyamos!

Un corazón bravo no es el que más da... Es el que más comparte...




Me gustaría que existiera un diccionario que recogiera todas aquellas palabras que van definiendo las distintas condiciones que en las relaciones humanas se van produciendo. Si me dejaran, intentaría establecer una clasificación en la cual se ordenara todo según el carácter más o menos positivo o negativo que conlleva.

Seguramente la relatividad de cada acción o reacción, de cada sentimiento y emoción me complicaría la tarea en muchísimos casos, pero hay un mote que últimamente me molesta sobremanera escuchar y que ahora mismo no dudaría en condenar: “expectativa”. Entiendo que te puede parecer un poco exagerado que haya escogido ese término que en teoría parece más bien inocente, pero te aseguro que cada vez que intento analizar lo que ha sido mi vida, cosa que como puedes comprender en los últimos tiempos hago bastante, mi alergia hacia ese vocablo va en aumento… Sí, ya sé, no es lo mismo el concepto puro que de un significado se deriva que la aplicación que acaba teniendo… Lo más probable: terminaré penando algo más por lo que para mí ha representado que por lo que en verdad debería implicar. Puede ser, pero en mi percepción ese mal uso acaba maltratando a bastante más gente, ¡a muchas personas y personitas!

Lo curioso es que no pueda decir “a todas…” ¿Por qué? Sencillamente porque coincidirás conmigo en que hay una tipología de humano del cual nadie suele esperar casi nada, por no decir nada en absoluto. ¿O sí? Claro que dicen que la esperanza es lo último que se pierde y cuando la vida nos obliga a mantener relación con alguien que concuerda con ese tipo de persona, que suele ser alguien extremadamente egocentrista, alguien incapaz de ver nada a través de otro cristal que no sea el que mejor ilumina su ego y alimenta su ambición, alguien que incluso es capaz de transformar los cánones morales para adaptar sus actos a sus intereses… entonces llegamos a ser tan imbéciles que a la más mínima cosa que nos parezca que hace bien podemos llegar a aplaudirlo y alabarlo… Y le damos de comer. Alimentamos sin querer su malvada personalidad… Ilógico, ¿no? Supongo que en el fondo podríamos hacer la comparación con lo que nos podría suponer la relación con un león más o menos domesticado: lo normal es que nos gruña, que incluso nos arañe o pretenda morder, que se enfurezca sino tiene lo que necesita a tiempo… Es lo normal y así lo aceptamos. ¿Y qué pasa si un día se acerca y, fregando su lomo contra nuestras piernas, nos lame? ¿Verdad que muchos acabaríamos pronunciando las palabras mágicas que el “animal” pretende”? “Lindo gatito…”

Me vas siguiendo, ¿no? Pues ahora toca cambiar de animal… ¿Que pasaría si un día a nuestro amado, cariñoso y bien educado perro se le ocurre pedirnos de forma amistosa, pero irritantemente repetida, su comida cuando estamos metidos de lleno en lo más apasionante de una película que dan por la tele? ¿No le gritaríamos muchos un rotundo “basta”? ¿Quizás lo invitaríamos a no molestar y si insistiera lo encerraríamos?

Así funciona también con las personas, ¿no crees? Al que más da más se le exige, al que intenta desesperadamente ser bueno no suele perdonársele ni el más ligero desliz… ¿Por qué? Simplemente porque en su normalidad entra el deseo de satisfacernos siempre y eso nos crea unas expectativas que parece que obligatoriamente deben ser positivas. Y entonces, cuando recibimos algo inesperado, ¡decepción al canto! ¡Castigado! “¡De ti no me esperaba eso!” ¿En ese deseo de contentarnos radica su culpa? Seguramente sí, pues acabamos integrándolo entre otras cosas como a un servidor de nuestros aguardos y no podemos tolerar la más mínima falta.

Estamos rodeados de “perros” y “leones”, a los primeros poco les agradecemos y solemos utilizarlos a nuestra voluntad, de los segundos nada esperamos y a la más mínima les rendimos pleitesía… Si yo fuera niña, ¿qué preferiría ser de adulto?
Pero yo ya fui niña… Fui niña y de muy pequeña ya decía que mis animales preferidos eran el perro y el delfín… Cómo se parecen, ¿verdad? Fui niño y luego crecí y, sin saber cómo, sin saber por qué, integré en mí una necesidad extrema de agradar, de buscar mi felicidad intentando alimentar la de mis seres queridos. Integré la obligación de ser bueno, de luchar constantemente por mantener una conciencia limpia, de dar sin esperar recibir forzosamente nada a cambio, de no pretender nunca ser el centro de nada ni de nadie… Integré en mí la tipología del “perro” y ahora no sabes cuánto desearía descatalogarme…

Sigo inclinándome por el perro y el delfín como animales fantásticos, seguiré toda la vida creyendo que en esta es mejor intentar ser un dócil can que un agresivo felino, pero poco a poco voy entendiendo que entremedio, como suele ocurrir, está el punto correcto. Voy comprendiendo que la fuente de las expectativas que los demás ponen en mí no nace de lo que ellos esperan que haga o dé, surge o debe surgir de lo que yo estoy dispuesto o necesito hacer o dar. El amor no te obliga a renunciar a ti, el amor no debe certificarse continuamente con las acciones que supones que de ti se esperan. Poner a los demás en el centro de tus intereses está bien, pero en ese centro nunca debemos olvidar que hay un hueco para uno mismo. El amor no obliga, el amor se limita a cursar una invitación, un preciado y hermoso convite a compartir algo maravilloso…

Un mundo construido para los poderosos, una sociedad que tiende a asfaltarse con el egoísmo la bondad demasiado a menudo confunde. Hay que seguir intentando ser buenos, pero también hay que entender que el cuidado de nuestros seres queridos comienza por el mimo a nosotros mismos.

Cuando nos sintamos unidos a alguien olvidemos de crearnos expectativas de su proceder. Si en verdad nos ama no nos decepcionará, y si no es así, ¡viento! De quien sí debemos esperar es de nosotros: el esfuerzo por mejorarnos repercutirá en la calidad de nuestras relaciones auténticas, aquellas que nos van a llenar de verdad. Si a nuestro lado se quiere instalar un león debemos plantarnos: “O te comportas como una persona o te vas a vivir a la selva…”. Si en nuestro camino nos cruzamos con un perro y nos interesa acogerlo, antes debemos invitarlo a despertar: “Me encanta tu bondad, pero no voy a poder aceptarla si me la entregas sin más… Si vas a quererme yo te corresponderé, pero recuerda que debes empezar amándote a ti mismo y, por favor te lo pido, no me entregues tu corazón incondicionalmente”.

martes, 17 de febrero de 2009

He Aprendido



He aprendido que los héroes son personas que hacen lo que se tiene que hacer cuando debe ser hecho, sin importar las consecuencias.
He aprendido que aprender a perdonar requiere práctica.
He aprendido que hay gente que te quiere mucho pero que no sabe como demostrártelo.
He aprendido que el dinero es un pésimo indicador de valor de algo, y mucho peor de alguien.
He aprendido que mi mejor amigo y yo podemos hacer de todo o nada y pasarlo bien.
He aprendido que a veces la gente que esperabas que te pisara cuando estabas caído es la que te ayuda a levantarte.
He aprendido que una amistad verdadera continua creciendo aún en medio de una gran distancia. Igual sucede con el amor verdadero.
He aprendido que tan sólo porque alguien no te ama de la manera que quieres que te ame, no significa que no te ame con todo lo que tiene.
He aprendido que la madurez tiene más que ver con las experiencias que has tenido y lo que has aprendido de ellas y menos que ver con los cumpleaños que has celebrado.
He aprendido que no debemos cambiar de amigos si entendemos que los amigos cambian.
He aprendido que tu familia no siempre estará ahí para ti. Parecerá extraño, pero gente que no está vinculada a ti puede cuidarte, amarte y enseñarte a confiar en las personas otra vez. Las familias no son solo las biológicas.
He aprendido que sin importar lo bueno que sea un amigo, puede herirte de vez en cuando y debes perdonarlo por eso.
He aprendido que no siempre es suficiente ser perdonado por los otros. A veces debes aprender a perdonarte a ti mismo.
He aprendido que no importa que tu corazón esté roto, el mundo no se detiene por tu dolor.
He aprendido que nuestro pasado y circunstancias pueden haber influido en quienes somos pero somos responsables de quien seremos.
He aprendido que sólo porque dos personas discutan no significa que no se amen y tan sólo porque no discutan no significa que lo hagan.
Ahora tengo que recordarlo y seguir aprendiendo.

Solo quiero que seamos un sentimiento en dos corazones

Necesito que el tiempo se pare en el momento que intento expresar lo que siento. Pero no puedo conseguirlo. Mi vida junto a ti no puede recompensarse en un circulo de palabras. Todas me parece inexacto para describir lo que sucede en mi razón y mi inteligencia en cada momento que comprendo el amor que siento por ti.

Quisiera obtener la vara de justicia necesaria para completar en esta felicidad que surge en mi pequeño corazón de mujer al sentir el pausado encuentro que existe entre nosotros, entre la unión de mi mundo junto al tuyo. Y que tras el movimiento de espada contra espada consiguiera atravesar el organismo que transfiere en tus afectos en un día tras día de serenidad ante el amor que intuyo que lentamente se cala en nuestros huesos.

Alguien me dijo que en un momento de mi vida encontraría quien me comprendiera y me abrazara las felicidades para vivificarlas en risas. Yo, no le creí. Soy mujer de incredulidad ante las historias que se intuyen.Y me deshago de sorpresa ante la vida por amarte y ser amada.

Marco Santibañez espero que comprendas lo que escribi para Tí, en este momento estoy a tu lado... tu duermes como un angelito y yo observo y creo que si no te hubiera dado esta segunda oportunidad, toy segura que me hubiera arrepentido toda mi vida eres el ser mas maravilloso que exite gracias por llenar cada vacio de vida y amarme tanto que ni yo entiendo este sentimiento, solo se que te tengo y que no te dejare escapar =)

Dedicado a mi Amor ... ni la distancia a podido con este AMOR