miércoles, 4 de marzo de 2009

Vivir sin paz es morir... Vivir en el desamor es peor que vivir solo...



No hace mucho estaba hablando con alguien, una mujer, a la que quiero mucho y le contaba que en la vida casi nunca es fácil tomar decisiones: cualquier proyecto o cualquier reto, aun cuando se presenten con embalajes prometedores, implican asumir responsabilidades y aceptar riesgos. No, no suele ser sencillo… Y mucho menos lo será cuando una decisión que intuimos que nuestra supervivencia nos exige tomar conlleva un cambio radical en nuestras vidas: cuando uno corta aquella cuerda que siente que lo está ahorcando muchas veces acaba sintiendo que cae en el vacío y será muy difícil no acabar dolorido por el batacazo… Resulta contradictorio, ¿no? Pero no lo es, pues cuando esa es la única cuerda que has tenido cerca durante tiempo puedes sentir que te ahoga, sí, pero también suele ser normal que pienses que te sostiene.
¿No es verdad que si nunca nos viéramos abocados a una caída por un barranco el miedo a lo que abajo nos espera nos forzaría a agarrarnos de cualquier cosa, aunque fuera un zarzal con amenazantes e hirientes pinchos? Allí nos quedaríamos sujetos hasta la eternidad, aguantando estoicamente los dolorosos y sangrientos desgarros de nuestra piel… Allí esperaríamos sin límite que alguien nos rescatara, que alguien viniera a librarnos de nuestro dolor… Pero, ¿y si ese ángel salvador no aparece? Es más: ¿Y si la salvación radica precisamente en dejarse caer?
Hace muchos años un humorista contaba un chiste que viene a ilustrar muy bien el argumento que debe seguir:

Un hombre camina valientemente por la cima de un monte. Sus pasos se marcan muy cercanos al borde de un abismal precipicio cuando un torpe tropezón lo lanza al vacío… El hombre cae hacia una muerte segura cuando ve un arbusto que sobresale de la pared y, desesperadamente, alarga su brazo y consigue agarrarse. Allí reposa un rato, asustado por la idea de que esas débiles ramas no podrán aguantar su peso mucho tiempo… Entonces decide gritar: “¿Hay alguien?, ¿hay alguieeen?”.
Pasado un rato, y después de muchas y angustiosas llamadas, el hombre escucha como una voz, profunda y sobrenatural, le indica: “Sí, hijo mío, estoy yo. Está Dios, tu Dios… Confía en mí: déjate caer y un ejército de ángeles te recogerá en el vuelo y te llevará, te bajará suavemente y te depositará en el suelo sin que sufras ningún daño… Confía en mí: déjate caer… Abajo te espera la gloria. Abajo te aguarda tu propio paraíso…”
El hombre, aturdido, lo ha escuchado todo… No sabe que hacer y mira hacia arriba, mira hacia abajo, y vuelve a gritar: “¿Hay alguien más?”.

¿Cuántos de nosotros no hubiéramos tenido la última reacción? La caída libre hacia lo desconocido espanta a cualquiera y nunca será fácil dar ese salto que nos debe lanzar… Llegado el caso, debemos plantearnos que lo fundamental, lo que debemos valorar ineludiblemente, quizás no se halla al final del vuelo, quizás se encuentra al comienzo… A lo mejor debemos hacernos esa terrible pregunta cuya respuesta nos debería retener o empujar: ¿qué nos aterra más: lo conocido, lo que ahora mismo tenemos, o lo inexplorado, lo que puede esperarnos no solo en el camino, sino también al final? Si lo presente es aguantable y creemos que puede llegar a ser reconducible, casi seguro que daremos tiempo a la vida antes de adoptar alguna medida que lleve al cambio. Si lo que nos envuelve no nos deja respirar y ya hace mucho que tenemos claro que nunca vamos a poder darle la vuelta, entonces… entonces no debería haber otro camino…
Seguramente Dios no va a enviarnos sus ángeles, posiblemente nadie va a responder a nuestros reclamos de auxilio y será muy probable que al final de la revuelta nos espere un espantoso batacazo que nos deje aturdidos y malheridos durante un tiempo… Mas todo valdrá la pena si ese salto al vacío conlleva un vuelo hacia la libertad… Todo sanará si realmente entendemos que nuestro viaje hacia un incógnito destino significa una travesía que se dirige a la recuperación del más preciado tesoro: la vida.
En el chiste se soslaya una cuestión de pura fe: Si crees en Dios saltarás y no te pasará nada. Si dudas o no crees, el miedo te va a retener seguro… Si en nuestro paseo por la vida nos encontramos ante la disyuntiva de tener que escapar de una realidad asfixiante, también vamos a necesitar fe: deberemos creer en nosotros, en el destino… Deberemos saltar con una mochila al hombro. En el interior meteremos aquellos sueños que en la desesperación abandonamos, en el bolsillo un pensamiento: “Nada puede ser peor…”.
Vivir sin paz es morir, vivir en el desamor es peor que vivir solo. Las cadenas no impiden nunca la caída, la provocan. Si nuestra vida nos tortura, si nuestra existencia nos mata poco a poco, ¡debemos saltar!, ¡debemos huir! ¡Huyamos!

Un corazón bravo no es el que más da... Es el que más comparte...




Me gustaría que existiera un diccionario que recogiera todas aquellas palabras que van definiendo las distintas condiciones que en las relaciones humanas se van produciendo. Si me dejaran, intentaría establecer una clasificación en la cual se ordenara todo según el carácter más o menos positivo o negativo que conlleva.

Seguramente la relatividad de cada acción o reacción, de cada sentimiento y emoción me complicaría la tarea en muchísimos casos, pero hay un mote que últimamente me molesta sobremanera escuchar y que ahora mismo no dudaría en condenar: “expectativa”. Entiendo que te puede parecer un poco exagerado que haya escogido ese término que en teoría parece más bien inocente, pero te aseguro que cada vez que intento analizar lo que ha sido mi vida, cosa que como puedes comprender en los últimos tiempos hago bastante, mi alergia hacia ese vocablo va en aumento… Sí, ya sé, no es lo mismo el concepto puro que de un significado se deriva que la aplicación que acaba teniendo… Lo más probable: terminaré penando algo más por lo que para mí ha representado que por lo que en verdad debería implicar. Puede ser, pero en mi percepción ese mal uso acaba maltratando a bastante más gente, ¡a muchas personas y personitas!

Lo curioso es que no pueda decir “a todas…” ¿Por qué? Sencillamente porque coincidirás conmigo en que hay una tipología de humano del cual nadie suele esperar casi nada, por no decir nada en absoluto. ¿O sí? Claro que dicen que la esperanza es lo último que se pierde y cuando la vida nos obliga a mantener relación con alguien que concuerda con ese tipo de persona, que suele ser alguien extremadamente egocentrista, alguien incapaz de ver nada a través de otro cristal que no sea el que mejor ilumina su ego y alimenta su ambición, alguien que incluso es capaz de transformar los cánones morales para adaptar sus actos a sus intereses… entonces llegamos a ser tan imbéciles que a la más mínima cosa que nos parezca que hace bien podemos llegar a aplaudirlo y alabarlo… Y le damos de comer. Alimentamos sin querer su malvada personalidad… Ilógico, ¿no? Supongo que en el fondo podríamos hacer la comparación con lo que nos podría suponer la relación con un león más o menos domesticado: lo normal es que nos gruña, que incluso nos arañe o pretenda morder, que se enfurezca sino tiene lo que necesita a tiempo… Es lo normal y así lo aceptamos. ¿Y qué pasa si un día se acerca y, fregando su lomo contra nuestras piernas, nos lame? ¿Verdad que muchos acabaríamos pronunciando las palabras mágicas que el “animal” pretende”? “Lindo gatito…”

Me vas siguiendo, ¿no? Pues ahora toca cambiar de animal… ¿Que pasaría si un día a nuestro amado, cariñoso y bien educado perro se le ocurre pedirnos de forma amistosa, pero irritantemente repetida, su comida cuando estamos metidos de lleno en lo más apasionante de una película que dan por la tele? ¿No le gritaríamos muchos un rotundo “basta”? ¿Quizás lo invitaríamos a no molestar y si insistiera lo encerraríamos?

Así funciona también con las personas, ¿no crees? Al que más da más se le exige, al que intenta desesperadamente ser bueno no suele perdonársele ni el más ligero desliz… ¿Por qué? Simplemente porque en su normalidad entra el deseo de satisfacernos siempre y eso nos crea unas expectativas que parece que obligatoriamente deben ser positivas. Y entonces, cuando recibimos algo inesperado, ¡decepción al canto! ¡Castigado! “¡De ti no me esperaba eso!” ¿En ese deseo de contentarnos radica su culpa? Seguramente sí, pues acabamos integrándolo entre otras cosas como a un servidor de nuestros aguardos y no podemos tolerar la más mínima falta.

Estamos rodeados de “perros” y “leones”, a los primeros poco les agradecemos y solemos utilizarlos a nuestra voluntad, de los segundos nada esperamos y a la más mínima les rendimos pleitesía… Si yo fuera niña, ¿qué preferiría ser de adulto?
Pero yo ya fui niña… Fui niña y de muy pequeña ya decía que mis animales preferidos eran el perro y el delfín… Cómo se parecen, ¿verdad? Fui niño y luego crecí y, sin saber cómo, sin saber por qué, integré en mí una necesidad extrema de agradar, de buscar mi felicidad intentando alimentar la de mis seres queridos. Integré la obligación de ser bueno, de luchar constantemente por mantener una conciencia limpia, de dar sin esperar recibir forzosamente nada a cambio, de no pretender nunca ser el centro de nada ni de nadie… Integré en mí la tipología del “perro” y ahora no sabes cuánto desearía descatalogarme…

Sigo inclinándome por el perro y el delfín como animales fantásticos, seguiré toda la vida creyendo que en esta es mejor intentar ser un dócil can que un agresivo felino, pero poco a poco voy entendiendo que entremedio, como suele ocurrir, está el punto correcto. Voy comprendiendo que la fuente de las expectativas que los demás ponen en mí no nace de lo que ellos esperan que haga o dé, surge o debe surgir de lo que yo estoy dispuesto o necesito hacer o dar. El amor no te obliga a renunciar a ti, el amor no debe certificarse continuamente con las acciones que supones que de ti se esperan. Poner a los demás en el centro de tus intereses está bien, pero en ese centro nunca debemos olvidar que hay un hueco para uno mismo. El amor no obliga, el amor se limita a cursar una invitación, un preciado y hermoso convite a compartir algo maravilloso…

Un mundo construido para los poderosos, una sociedad que tiende a asfaltarse con el egoísmo la bondad demasiado a menudo confunde. Hay que seguir intentando ser buenos, pero también hay que entender que el cuidado de nuestros seres queridos comienza por el mimo a nosotros mismos.

Cuando nos sintamos unidos a alguien olvidemos de crearnos expectativas de su proceder. Si en verdad nos ama no nos decepcionará, y si no es así, ¡viento! De quien sí debemos esperar es de nosotros: el esfuerzo por mejorarnos repercutirá en la calidad de nuestras relaciones auténticas, aquellas que nos van a llenar de verdad. Si a nuestro lado se quiere instalar un león debemos plantarnos: “O te comportas como una persona o te vas a vivir a la selva…”. Si en nuestro camino nos cruzamos con un perro y nos interesa acogerlo, antes debemos invitarlo a despertar: “Me encanta tu bondad, pero no voy a poder aceptarla si me la entregas sin más… Si vas a quererme yo te corresponderé, pero recuerda que debes empezar amándote a ti mismo y, por favor te lo pido, no me entregues tu corazón incondicionalmente”.